Lo que comenzó como una necesidad logística para que ninguna jugadora quedara fuera de la cancha, se transformó en un fenómeno de pertenencia que devolvió a las canchas a las leyendas del club.
En el deporte, a veces los números no cierran. Falta una categoría, sobran jugadoras en otra, y el riesgo de que las más jóvenes pierdan el ritmo de competencia acecha. Así nació la Línea D, un proyecto que empezó con el objetivo de darles rodaje a las Sub 14 y Sub 16, pero que terminó despertando a un "gigante dormido": el plantel superior histórico.
Un reclutamiento con aroma a gloria.
La misión no era sencilla: armar un Plantel Superior desde cero. La solución no estuvo en buscar afuera, sino en mirar hacia adentro, hacia las raíces. La convocatoria fue clara: invitar a las jugadoras de la Cuarta +35 y +45 a calzarse los botines. ¿El desafío? Correr como en los viejos tiempos, pero con la sabiduría de quienes ya saben lo que es levantar copas.
La respuesta fue un "sí" rotundo que desató una "hermosa locura". Nombres que son instituciones en sí mismos aceptaron el reto. La cancha volvió a ver el talento de Pilar Méjico (Selección Nacional) y Guadalupe Méjico, Mercedes y Lucrecia Esteban, Paula García Neumayer, María Eugenia Romero, Pamela Seaton, Saida, Cora y Fran Erbetta, Victoria Giraudo y María José Casas. Jugadoras que supieron representar al club a nivel nacional y provincial, regresaron para aportar su jerarquía.
A este grupo de históricas se sumaron figuras de la talla de Celina Martínez Zinny y Leo Patetta (Seleccionadas Nacionales), además de ex jugadoras de la Línea A como Delfina Soljan, Catalina Vitola, Dolores Carbonel, Pampa Laurina Bordo y Valentina Colella. Todas unidas por un fin común: el club las necesitaba.
Más que un equipo, una familia de domingo
Hoy, la Línea D es mucho más que un equipo de hockey; es una comunidad. Los domingos (y ahora también los sábados) el club se transforma, niños corriendo por los costados de la cancha mientras sus madres corren detrás de la bocha, padres que organizan el asado y la cerveza, cuidando a los bebés mientras las jugadoras compiten.
La unión de las jugadoras de las líneas A, B y C se acercan a alentar a las "viejas", admirando la técnica y la pasión de quienes marcaron el camino.
"La idea era volver a disfrutar de este deporte que tanto amamos, más allá de los resultados", comentan las protagonistas.
El legado de la "D"
Este proyecto demuestra que el hockey es un círculo que siempre vuelve al centro. Gracias al esfuerzo de managers, dirigentes y, sobre todo, de estas jugadoras que aceptaron el reto de volver, hoy cada niña del club tiene un lugar donde jugar.
La Línea D es la prueba viviente de que la mística no se pierde, solo espera el momento justo para volver a entrar a la cancha. Porque al final del día, no se trata solo de ganar un partido, sino de que la familia siga unida por el bien común.